| Un Relato sobre La calle del espanto |
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| Friday, 16 March 2007 12:23 | |||
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Asalto final Por supuesto que para acercarme allí debía ir sin los emblemas de OPRECION: cero vehículo, cero uniforme, cero visera, cero pistola. Me acerqué vestido de buhonero, con un carricoche lleno de refacciones para monociclos (los preferidos entre esa gente para esquivar las patrullas), con zapatillas de doble compartimiento para esconder armas y algunos litros de hidrofuel, combustible siempre apetecido para los extraños vehículos de esas gentes. Antes de salir asumí la identidad de uno de los buhoneros extraídos de la calle la noche anterior: lo acomodé en la cámara de escaneo y me ubiqué en el MRP,** donde en cosa de instantes fue modelada la figura del infeliz sobre la mía. Así me les aparecí en la tarde y ellos, pobres ingenuos, se arremolinaron enseguida para ver la mercancía. A uno de los más ancianos le susurré una confidencia: “Anoche hablé con Richard Brooks en el muelle…”; el viejo me miró, soltó la botella de hidrofuel que se disponía a comprar y se retiró caminando hacia atrás, con una risita entre sus dientes maltrechos. Supe que esa no era la vía para obtener información. Después de pensarlo mejor, murmuré frente a un chiquillo que se interesaba por la calidad de unos pedales: “Richard nunca se ha quejado de ellos…” y seguí atendiendo a otros. Ahora sí tuve éxito; el muchacho los compró diciendo: “¡Datz! Si él los usa, deben ser buenos”. Al poco rato me acerqué al zaguán por donde se había perdido el mozalbete; no tuve que esperar mucho para verlo salir con su monociclo ya reparado. Lo tenté con una nueva propuesta, dicha entre sorbos de licor de noni clandestino: “Ya ese cachivache no da más…” Él se encogió de hombros e iba a seguir, pero se detuvo en seco cuando me oyó: “Tengo el modelo 2101…” Se me acercó desafiante: “No creo que un buhonero como tú pueda tener un monociclo de hace 3 años…” Me tomé mi tiempo para contestarle, displicente, lavándome la boca con la bebida ardiente: “No soy cualquier buhonero”. El muchacho estaba decidido a mantener la porfía: “Todo lo que ustedes cargan es basura con 7 años de uso o más…” Arreglé mi carricoche y me dispuse a partir, pero antes lancé una bomba: “Quien aprovisiona a Richard debe andar siempre adelante…” El chico me alcanzó en la siguiente esquina, haciendo patinar su monociclo con impertinencia: “¿De veras aprovisionas a Richard?” Le hice ver que me invadía la impaciencia: “Y me leo todos sus libros, además”. Logré ver un brillo particular en sus ojos cuando habló, quizás de orgullo, aunque no estoy seguro: “Ya me leí La Calle del Espanto”. Quise agarrarlo por el cuello y trasladarlo a la base, pero me contuve; en lugar de eso, eructé: “¡Bah! Anoche vendí dos ejemplares…” La respuesta pareció un grito apagado: “¡¿Dos?! Debes cargar mucho dinero…” “Bueno, sí, pero lo tengo bien escondido, ya sabes, OPRECION tiene espías por todos lados”. La mirada del muchacho giró rápidamente en todas direcciones: “¡Datz! Ni lo digas; ayer capturaron a dos allá abajo… los hicieron picadillo”. En OPRECION tengo fama por la rapidez con la que elaboro mis planes y actúo; era hora de demostrarlo de nuevo. Bajé mucho la voz: “Yo vi como los descuartizaron, por eso ando con mucho cuidado, porque dicen que en cualquier momento vendrán a vengarse… oye, ¿podrías hacerme un favor?” Los hombros alzados volvieron a reemplazar las palabras posibles. Seguí adelante con mis susurros: “Tengo unos lentes de visión nocturna para Richard dentro de estas zapatillas, pero no quiero acercarme al muelle; lo tienen muy vigilado, ya sabes… para que no se escape hacia Taboga, como la ocasión anterior. ¿Tú podrías entregárselos?” El escuincle se sonrió; sólo eso. No supe si se trataba de un sí o de un no. Tuve que insistir: “¿Te atreves?” Cuando me respondió casi me delata un estremecimiento: “¿Y eso? ¿Has oído que Hormiguita ha fallado alguna vez?” Le entregué el envoltorio con un “¡Datz!”, dicho con aliento a noni fermentado, para intimar. Apenas se fue pedaleando su monociclo calle arriba, me ajusté la boina que me venía grande a propósito; debajo de su borde frontal surgió enseguida la pequeña lente que identificaba todo. Marcado como iba, el muchacho podría correr hasta el fin del mundo, pero jamás esconderse. Comenzaba a anochecer. Apenas tuve localizado el escondrijo avisé a OPRECION; les dije que iba a marcar el sitio exacto para que procedieran de inmediato con el bombardeo selectivo. Me deshice del carricoche para poder darme más prisa y en pocos minutos estaba ante un oscuro zaguán tapiado por un quiosco de revistas viejas: la fachada. No había nadie custodiando la entrada. Eso ya lo sabía: Richard Brooks jamás pondría centinelas que delatasen su presencia. Me llevé la mano a los genitales y extraje el arma que había escondido por cualquier contingencia: en segundos decidí un nuevo cambio de planes, si tenía éxito la recompensa podría reclamarla mediante una acción en solitario que de seguro me haría escalar en OPRECION. Entré en el zaguán. Ya había oído hablar a nuestros agentes sobre aquellos laberintos insalubres; yo mismo había ingresado en ellos en medio de varias acciones de combate contra los enemigos, pero provisto de las defensas que me daba el uniforme; sin embargo, eso cada vez era una sorpresa: por entre las ranuras se colaban luces débiles y las voces de niños y mujeres que a esa hora se estaban recogiendo; seguí adelante, guiado por la señal de mi boina, hasta que desemboqué en un pequeño habitáculo sin salida, iluminado apenas por la luz de un candil de hidrofuel. Levanté el arma y apunté a la figura que estaba leyendo, de espaldas a mí. A medida que me iba acercando, paso a paso, pude distinguir las letras del antiguo texto; con una sola línea bastó para que, mediante la lente, identificara el título y otras generales: “Los ojos del agua”, de Renata Durán, 2001. Un libro con más de cien años, pero aprobado en el Index de OPRECION. El hombre sentado volteó la cabeza con lentitud para mirarme, luego se bajó los lentes hasta la punta de la nariz y me dijo con voz tranquila: “¿Eres de los que viene para el Círculo?” “¡¿Círculo?! Déjese de pendejadas y alce las manos” De nuevo me miró con una calma centenaria y me dijo: “Baja esa arma… recuerda: no está bien que los personajes amenacen a los lectores, ni a otros personajes fuera del argumento… bastante lejos han llegado los que se sublevaron a sus autores”. No entendía lo que me estaba diciendo, pero sentía que al mismo tiempo que hablaba me iba desvaneciendo sin remedio… “¡¿Qué demonios?!” El hombre seguía expresando: “Ya sabes como son estas cosas… has venido porque el cuento en que apareces es el que vamos a comentar en la tertulia…” ¿¡Tertulia!?” “Sí, el cuento en que sales tú es el que escogimos hoy…” Quise dispararle, juro que sí, pero sólo atiné a llorar patéticamente: “Pero… pero si yo soy un oficial de OPRECION, y venía a arrestar a Richard Brooks…” Cuando escuchó el nombre de Brooks se terminó de quitar los lentes y los puso sobre un rimero de libros que lo escoltaban sobre una vetusta mesa. Respiró hondo y, mirándome con piedad, me advirtió: “Muchacho, muchacho… ¿tú también sigues a Brooks? Son muchos los que llegan a este lugar en su búsqueda; ¿y sabes por qué? Porque aquí es donde él se sentaba a crear sus personajes…” La explicación estaba clara, pero no entendía ni jota, y el llanto no me abandonaba, pese a mis esfuerzos: “¿Personajes? ¿De qué está hablando?” Sus palabras seguían siendo serenas, mientras mi angustia aumentaba: “El te escribió, te hizo personaje de un libro de cuentos, igual que a mí; ya eso lo sabemos en el Círculo. A propósito, el Círculo es un homenaje a una novela que escribió hace cien años, en donde salgo yo; me describió como capitán de unos ilusos que se reunían a hablar de libros, y se daban a sí mismos el nombre de Guillermo Andreve; hasta se reunían en una guarida a la que llamaban Exedra Books*** y transmitían por una fuente conocida por un nombre clave: W, cuando aún se usaba la frecuencia FM**** para comunicarse…” Comenzaba a sentirme liviano; miré mis piernas y comprobé que estaban desapareciendo poco a poco. El pánico me invadió por completo; supliqué: “¡Ayúdame, no quiero morir!” Se volvió a calzar los lentes y me consoló: “¿Morir? No te preocupes, somos inmortales…” La duda me ahogaba: “¿Inmortales?” El hombre suspiró hondo y sacudió la cabeza levemente. “Así es… tú eres un personaje reciente, y por eso andas tan despistado; pero yo… En 1522 fui parte de las memorias de Bartolomé de Las Casas en Santo Domingo; en 1676 colaboré con Alexandre Olivier Exquemelin para que terminara de escribir Bucaneros de América, que se publicaría en 1678… en 1751 estaba entre los Enciclopedistas, en Francia; en 1887 vine a Panamá como personaje en los escritos de Armando Reclus, desde esa época estoy aquí, siempre entre libros, capitaneando conjurados, motivando historias, escribiendo. Vengo saltando de siglo en siglo, de obra en obra…” Me daba vergüenza, pero estaba implorándole: “Usted no me entiende, soy el mayor Abdullah Bush, comandante de las fuerzas de elite de OPRECION, Unidad 0, Brigada 666, y tengo que capturar a Richard Brooks…” Se rió despiadadamente: “¿Abdullah Bush? Atrapar a Richard Brooks? Ja, ja, ja. ¿Y de veras te creíste ese papel?” Insistí en mi estupor: “Entonces, esto es una novela?” Cuando oí su respuesta terminé de desvanecerme, de reducirme a papel y tinta: “No en tu caso, tú sales de un cuento; pero sí en el mío: aquí donde me ves, estoy siendo escrito de nuevo por Richard Brooks, desde Taboga. He sido siempre su personaje principal, yo: Ricardo Arturo Ríos Torres…” Traducido por: Ariel Barría Alvarado Panamá La Nueva, 4 de julio de 2104 Nota. Ariel Barría es catedrático de Literatura en la Universidad Santa María La Antigua, escritor galardonado en varias ocasiones, sobre todo en el Concurso Ricardo Miró. Es asesor del Círculo de Lectura Guillermo Andreve. * OPRECION: Oficina para Preservar la Cordura Integral y el Orden Nacional. (Nota del traductor) ** MRP: Módulo de Recepción de Personalidades. (N. del T.) *** Según antiguas crónicas consultadas, existía en la parte antigua de la ciudad un sitio de reuniones conocido con ese nombre, cuando aún el inglés era un idioma conocido por muchos. (N. del T.) **** No se ha podido conocer el significado de “W” y de “FM”. Al parecer, son otras de las claves usadas por los conjurados en las obras de RB. (N. del T.)
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