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Richard Brooks, Escritor-escritor Print E-mail
Saturday, 24 March 2007 19:54
Por Jorge Consuegra
 
“La calle del espanto es el mejor elogio a los amigos, a la vida, a los abrazos”

Rompecabezas literario.

     Muchos años después, frente al pelotón de amigos, el coronel Aureliano Brooks habría de recordar la remota tarde cuando su abuelo lo llevó a la calle del espanto. Era una mañana radiante, cuando Palillo caminaba con pasos lentos por Salsipuedes. Delante de él, entre la ola humana, se distinguía un singular viejo, que iba cojeando con gracia. No era Poe, que a veces perdía el equilibrio después de tomarse un par de copas y salir de la calle Morgue, luciendo su escarabajo de oro, como la metamorfosis en el castillo “América” donde Franz celebraba el juicio de los justos que había citado Camus, varios años después de decir  “¡París es una fiesta!” recordando a Ernest, su viejo y su mar.      Para entender a Richard Brooks no es necesario leer el Código da Vinci, ni descifrar el libro de los Budenbrooks, ni conocer la geografía del país de Jauja. Basta con ver la ventana abierta para observar la isla de las iguanas o el baile de las mariposas, porque todas querían ser reinas. ¡Ah, Rosa María! ¡Ante ti todos fuimos humillados y ofendidos y amados y venerados! No sólo por los hermanos Karamazov que vivieron 24 horas en la vida de una mujer, sino por los cien años de soledad que tuvimos que pasar junto a Gabriela clavo y canela, el día señalado, cuando nos dijo, con la voz entrecortada: “El coronel no tiene quien le escriba porque le llegó la mala hora, justo cuando relataba la historia de amor en los tiempos del cólera”.

     Ulises se apareció al lado del marinero que había perdido la gracia del mar, el mismo que había sido marinero de arena, el que había dicho: “Antes de amarte, amor, nada era mío: / vacilé por las calles y las cosas; / nada contaba ni tenía nombre: / el mundo era el aire que esperaba”. Pero a la hora 25, cuando al saltar el muro, se había roto el astrágalo, cerca de Tiffany’s donde se había tomado el desayuno a sangre fría y declamó dando la vuelta, como en un oficio de difuntos: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente/ y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca./ Parece que los ojos se te hubieran volado/ y parece que un beso te cerrara la boca”.

     Brooks se encontró con Mario, los jefes y los cachorros, cerca de la casa verde donde sostuvieron una larga conversación en la catedral. Todo giró alrededor de la guerra del fin del mundo, porque Palomino Molero no había encontrado al general en su laberinto, a pesar de haberse anotado en el libro de Manuel y con el que habían jugado rayuela. A los únicos que encontraron fueron a la tía Julia y al escribidor, junto a Pantaleón y las visitadoras, las mismas que habían presenciado la Operación Masacre, en donde murieron Huasipungo y los perros hambrientos. Y aunque siempre se le dijo que el mundo era ancho y ajeno, sólo se encontró con una Argentina con alambradas culturales y una Nicaragua tan violentamente dulce. Quedó azul, como Rubén Darío, cuando se le cayeron las uvas de la ira. Por eso regresó. Oyó el último tango en París y al llegar, se puso a pensar en la luna de enfrente por el fervor a Buenos Aires que siempre le tuvo. Pensó que esa era la única Historia Universal de la Infamia.

     La amante de Lady Chatterly se apareció un día junto a mister Bloom para contarle lo que había sucedido con los dublineses  y le dijo: “Si hay crimen hay castigo”, y Ana Karenina, altiva le respondió: “Si hay guerra, hay paz”. Se puso colorada como las lanzas de Uslar Pietri y más cuando surgió de la nada Aldonza Lorenzo,  a quien el viejo del rocín la llamó Dulcinea. De todas formas, son mujeres apasionadas, como Madame Bovary, aunque Yo, el supremo, hubiera insistido en que el Papa verde era apenas una leyenda de Guatemala, como le insistiera Rogelio Sinán a Berna Burell al llegar de España, el día que conoció a los hombres de maíz.

     Cuando el Rey Lear se fue  a pescar en las vertientes del cielo, lo único que pudo escuchar fue las historias de indios y la del desenterrador, porque las mujeres que corren con los lobos, siempre terminan perdidas en los laberintos del amor o en el archipiélago soñado, en donde se reflejan los rostros del tiempo del imperceptible Richard Brooks. Aquella noche, Sebastián Tapia, creyó que los apocalípticos e integrados eran los amigos de Gaspar Octavio Hernández cuando habló de quienes veían “flotar junto al velo de la nube” la bandera de esta patria, pero no, no eran ellos, sino los que le habían dado el nombre de la rosa con sus apostillas. Al fin y al cabo son estúpidos los hombres blancos por lo que han hecho con mi país. ¡Delirio! ¡No es más que delirio! ¡ Deliro ! Y a Richard no le gustó nada porque llegó sin fecha, justo al arroyo de Justo, en donde libaba licor Ariel Barría, mientras trataba de entender el péndulo que había traído Foucault.

     “Confieso que he vivido” le dijo Teresa Batista, cansada de guerra y del canto general que oyó a todo volumen cuando había llegada a Solentiname acompañada de Ernesto Cardenal. “Con quién estabas?”, le preguntó. “Con Alfonsina y el mar” le dijo “y con José y sus hermanos”, cerca al faro de la señora Dalloway, que vivía con Virginia, en el Mar de los Sargazos.

     Todos eran los convidados de piedra,  porque cuando vieron el obsceno pájaro de la noche, creyeron que simulando tener las boquitas pintadas, irían a despistar al beso de la mujer araña. Pero tampoco. Era imposible hacerlo en Treblinka porque se presentó un absurdo éxodo de hijos y amantes que eran iluminados en Comala por los relámpagos de Agosto.

La literatura es un oficio para pensar.

     Podrá ser una locura todo este zafarrancho de elucubraciones, de imaginería, de nudos que se anudan y se desanudan, laberintos y recodos y caminos inventados y novelas y narraciones y personajes y dramas y angustias y logros. Pero es que la literatura es todo eso, pero bien escrito. Y lo bien escrito trasciende. No importa que esté cargado de ironía como en Viaje al infierno o prevenciones como en la Divina Comedia. Lo importantes es que esté bien escrita. No hay que pensar en mamotretos de 800 páginas y más páginas como Noticias desde el Imperio para superar la gracia y la inteligencia del monólogo perfecto. Ni tampoco tratar de igualar al genio de la concreción como lo fue Rulfo. No. La literatura es un oficio para pensar, meditar, invitar a la reflexión y a la vida.  Para que el hombre no pierda la esperanza de un abrazo, para recuperar el tiempo perdido, para rescatar del olvido un beso, una carta, una historia, un hecho. Para informar, pero especialmente para formar. Un escritor que no forma desde sus líneas a sus lectores, no es escritor. Es sencillamente un simple escribidor. El escritor que invita a sus lectores a hacer un alto en el camino podrá dormir tranquilo sin la angustia de ponerse a pensar si cumplió o no con su objetivo.

La amistad.

     Hace apenas cinco días terminé de leer  “El último encuentro” de Sándor Márai, una novela que me dejó con el alma apagada, triste, abandonada. Dos hombres de bastante edad, se reencuentran después de muchos años de haberse separado por esas cosas locas y absurdas de la vida. Y, alrededor de una copa de vida, hablan de lo importante que es la amistad para el hombre.

Veamos:

“...La amistad es un servicio. Al igual  que el enamorado, el amigo no espera ninguna recompensa por sus sentimientos. No espera ningún galardón, no idealiza a la persona que ha escogido como amiga, ya que conoce sus defectos y la acepta así, con todas sus consecuencias. Esto sería el ideal. Ahora hace falta saber si vale la pena vivir, si vale la pena ser hombre sin un ideal así. Y si un amigo nuestro se equivoca, si resulta que no es amigo de verdad, ¿podemos echarle la culpa por ello, por su carácter, por  sus debilidades? ¿Qué valor tiene una amistad si solo amamos en la otra persona sus virtudes, su fidelidad, su firmeza? ¿Qué valor tiene cualquier amor que busca una recompensa?  ¿No sería obligatorio aceptar al amigo desleal de la misma manera que aceptamos al abnegado y fiel? ¿No sería justamente la abnegación  la verdadera esencia de cada relación humana,  una abnegación que no pretende nada, que no espera nada del otro? ¿Una abnegación que cuanto más da, menos espera a cambio? Y si uno entrega a alguien toda la confianza de su juventud, toda la disposición al sacrificio de su edad madura y finalmente le regala lo máximo que un ser humano puede dar a otro, si le regala toda su confianza ciega, sin condiciones, su confianza apasionada, y después se da cuenta de que el otro le es infiel y se comporta como un canalla  ¿tiene derecho a enfadarse, a exigir venganza?, ha sido un amigo él mismo, el engañado, el abandonado? ¿Ves?, este tipo de cuestiones teóricas me han ocupado desde que me quedé sólo (...) ¿Con qué se puede enfrentar un hombre solitario? Con sus propios recuerdos, para que la soledad y el tiempo transcurridos no le permitan perdonar nada en su alma ni en su corazón (...) ¿Existe realmente la amistad? No me refiero al placer momentáneo que sienten dos personas que se encuentran por casualidad, a la alegría que les embarga porque en un momento dado de su vida comparten las mismas ideas acerca de ciertas cuestiones o porque comparten sus gustos y sus aficiones. Eso todavía no es amistad. A veces pienso que la amistad es la relación más intensa de la vida... y que por eso se presenta en tan pocas ocasiones.”

     La amistad exige, propone, ausculta, sentencia. Pero especialmente, la amistad es la calle del espanto. James Joyce le hizo el mejor homenaje a su mejor amigo en una obra inmortal: Ulises. Son maravillosas 24 horas en un Junio lleno de sol, Bloomsday.  Hemingway hizo lo propio con ese viejo pescador que tarde tras tarde, al caer el sol, llegaba con su piel curtida y su red vacía. Los dos compartían, hasta altas horas de la noche, las destempladas notas de la vida junto a una botella de ron cubano. Por eso escribió El viejo y el mar. ¡Inolvidable! Sara Sefcovich escribió  Demasiado amor porque su amante fue su mejor amigo, su mejor compañero, su cómplice de la vida. Y así muchas obras, como La calle del espanto que son el mejor elogio a los amigos, a la vida, a los abrazos.

     Ricardo Arturo Ríos Torres también confiesa que ha vivido. Por eso lo quieren como lo quieren... Como lo queremos. Porque es un amigo que a través de sus libros nos ha enseñado a quererlo. Porque la filosofía del escritor está también fundamentada en eso, como decía García Márquez: “Escribo para que me quieran más mis amigos”.

El escritor-escritor.

     El escritor debe ser trasgresor, no el sirviente de los sellos editoriales. No debe escribir lo que le obliga el momento mercantil, ni ser el peón de brega de los directores editoriales que lo obligan a escribir literatura chatarra, literatura de aeropuerto. El escritor-escritor no debe dejarse obnubilar por ser la estrella del momento. No. El escritor-escritor debe saber que su vida está en los libros y no en la tinta de los diarios. No debe dejarse engañar por las cifras 60-90-60 y ser la estrella del momento. No. El escritor-escritor, debe ser sencillamente escritor-escritor.

     Por eso terminamos amando a Richard Brooks, porque no quiere ser, ni ha querido ser John Grishan, menos Paulo Coelho que es tan inocuo para la literatura como Bush para la paz mundial. Brooks no quiere ser mentiroso, ni decirle al mundo que tiene escondidas armas de destrucción masiva, ni inventa fotografías, ni engaña. No. Brooks es así, simple, sencillo, atemporal, inocente, pero especialmente amigo. Como debe ser la literatura. Brooks no quiere estar al lado de los presidentes, ni quiere firmar su libro al lado de Clinton. No. Porque esa no es su filosofía. Brooks simplemente quiere ser ese escritor pasivo a quien hemos empezado a querer desde mucho antes de Palillo, desde mucho antes de la separación, desde mucho antes de que nos hubieran quitado la posibilidad del abrazo entre las dos naciones. A Brooks se le quiere desde la frontera de la ternura.

     Brooks, mi amigo, mi hermano.

     Y para terminar, una confesión: un día recibí un correo-e. Y me molesté porque yo  tengo afinidades con gobernantes a quienes los poderosos y la CNN los castigan diariamente desde sus mentirosas noticias. Y Brooks me envió unos de esos mensajes en su contra que de inmediato rechacé. Al otro día recibí no una andanada de improperios estilo presidente gringo, sino un rosario de afecto, de ternura. Por eso mañana volveré a leer “El último encuentro” de Sándor Márai como homenaje al amigo, al hermano, al cómplice. Como homenaje a Ricardo Arturo Ríos Torres a quien en una lejana cercanía empecé a querer como mi mejor hermano. Un hermano de siempre. Un Richard Brooks incomparable. Un hermano  del alma. Mi escritor.

Nota.  Palabras de Jorge Consuegra en la gala del martes 7 de septiembre de La calle del espanto de Richard Brooks. Jorge es periodista, catedrático de Comunicación Social, crítico literario, dirige la Revista Libros y Letras en Bogotá, promotor del Panamá Literario en Colombia y América Latina.  Nació en Bucaramanga y reside en Bogotá. 
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